Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Smurov respetaba a Kolia Krasotkine y no osaba, ni mucho menos, compararse con él. Kolia había despertado su curiosidad al decir que iba a ver a Iliucha espontáneamente. Sin duda, había una razón misteriosa para que Krasotkine hubiera adoptado de pronto esta resolución.
Iban por la plaza del Mercado, sorteando carros y aves de corral. Bajo los sobradillos de las tiendas había mujeres que vendían tortas, hilos y otros muchos géneros. En nuestra ciudad llaman ingenuamente ferias a estos mercadillos domingueros que se celebran en gran número durante el año.
Carillón corría alegremente, desviándose de continuo a derecha e izquierda para olfatear algo. Y cuando se encontraba con algún congénere, le oliscaba también del mejor grado, según las reglas en use entre los perros.
—Me gusta observar la realidad, Smurov —dijo de pronto Kolia—. ¿Te has fijado en que los perros se olfatean cuando se encuentran? Esto es entre ellos una ley natural.
—Una ley ridícula.