Los hermanos Karamazov

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—Es un colegial, doctor —dijo Aliocha, malhumorado—, un chico travieso. No le haga caso... ¡Silencio, Kolia! —Y volvió a decir al doctor, sin disimular su enojo—: No le haga caso.

—Merece que lo azoten, ¡que lo azoten! —exclamó el doctor, furioso.

—Le advierto, curandero, que Carillón podría morderlo —dijo Kolia, pálido, con voz trémula y ojos centelleantes—. ¡Aquí, Carillón!

—¡Kolia! —gritó Aliocha—. Si dices una palabra más, rompo contigo para siempre.

—Curandero, sólo hay una persona en el mundo que puede mandar a Nicolás Krasotkine: aquí está —dijo señalando a Aliocha—. Me someto. Adiós.

Abrió la puerta y volvió a entrar en la habitación. Carillón se lanzó en pos de él. El doctor estuvo un instante petrificado, miró a Aliocha, escupió y exclamó:

—¡Es intolerable!

El capitán lo siguió servilmente. Aliocha entró también en la habitación. Kolia estaba ya al lado del enfermo. Éste le tenía cogido de la mano y llamaba a su padre. El capitán volvió en seguida.

—Papá, papá, ven aquí —dijo Iliucha, agitado—. Yo...


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