Los hermanos Karamazov

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Pero no tuvo fuerzas para continuar. Tendió sus esqueléticos bracitos, rodeó con ellos a Kolia y a su padre y, uniéndolos a los dos en un solo abrazo, los estrechó contra su pecho. El capitán fue sacudido por un llanto silencioso. Kolia estaba a punto de echarse a llorar.

—¡Qué pena me das, papá! —gimió Iliucha.

—Iliucha, mi querido Iliucha... El doctor ha dicho... que te curarás... ¡Qué felices vamos a ser!

—Papá, sé muy bien lo que el doctor ha dicho de mí —declaró Iliucha—. Lo he visto en su cara.

Lo apretó de nuevo con todas sus fuerzas y escondió la cara en el hombro de su padre.

—No llores, papá. Cuando me muera, adopta a otro niño. Que sea un buen chico. El mejor que encuentres. Llámale Iliucha y quiérelo como me quieres a mí.

—¡Cállate! —ordenó Krasotkine bruscamente—. ¡Te curarás!

—Pero a mí no me olvides nunca, papá —continuó Iliucha—. Ven a mi tumba.

Entiérrame cerca de nuestra gran piedra, la que visitábamos en nuestros paseos, y ve allí por las tardes con Krasotkine y Carillón... Os esperaré, papá.

Su voz se apagó. Los tres permanecieron abrazados, sin decir nada. Nina lloraba silenciosamente en su sillón, y «mamá», viendo que todos lloraban, empezó a sollozar también.


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