Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—¡Iliucha! ¡Iliucha! —gritaba.

Krasotkine se desprendió del brazo de Iliucha.

—Adiós, muchacho; mi madre me está esperando para almorzar —dijo atropelladamente—. Es una lástima que no la haya advertido. Ya estará inquieta por mi tardanza. Después de almorzar volveré, y estaré contigo toda la tarde. Te contaré muchas cosas. Traeré a Carillón. Ahora me lo llevo, porque si lo dejara, al no verme, empezaría a aullar y lo molestaría. Hasta luego.

Salió corriendo al vestíbulo. No quería llorar, pero al fin no pudo contenerse.

Llorando lo encontró Aliocha.

—Kolia —encareció Karamazov—. Has de hacer honor a tu palabra y volver esta tarde. Si no vienes, le darás un gran disgusto.

—¡Claro que vendré! —murmuró Kolia sin ocultar sus lágrimas—. ¡Qué arrepentido estoy de no haber venido antes!

En este momento apareció el capitán. Cerró la puerta de la habitación a sus espaldas. En sus ojos había una expresión de desvarío; sus labios temblaban. Se detuvo ante los dos jóvenes y levantó los brazos.

—No quiero ningún buen chico, no quiero ningún otro —murmuró, desesperado, con acento feroz—. «Si lo olvido, Jerusalén, que la lengua se me pegue al paladar...»


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