Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Lo mismo me decÃa mi Nikituchka para consolarme: «No hay motivo para que llores. Seguro que nuestro hijo está cantando ahora en el coro de ángeles ante el Señor.» Y mientras me decÃa esto, lloraba. Yo le decÃa: « SÃ, ya lo sé: está con el Señor, porque no puede estar en otra parte. Pero no está aquÃ, cerca de nosotros, como estaba antes...» ¡Oh, si yo pudiera volver a verlo una vez, aunque sólo fuera una vez, sin acercarme a él, sin decirle nada, escondida en un rincón! ¡Si pudiera verle un instante, oÃrle jugar y verle llegar de pronto, gritando con su vocecita:
«¿Dónde estás, mamá?», como hacÃa tantas veces! ¡Si yo pudiera oÃrle corretear por la habitación, venir a mà corriendo, riendo y gritando, como recuerdo que solÃa hacer! ¡Si pudiese aunque sólo fuera oÃrle! ¡Pero no está en la casa, padre mÃo, y no podré oÃrle nunca más! Mira su cinturón. Pero él no está, no volverá a estar nunca.
Sacó de su pecho un diminuto cinturón. Apenas lo vio, empezó L sollozar, cubriéndose el rostro con las manos, entre cuyos dedos luÃan las lágrimas a torrentes.