Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —PermÃtame que no me quite el abrigo. Sólo estaré con ustedes un minuto.
—Siéntese, Alexei Fiodorovitch —dijo Catalina Ivanovna, permaneciendo de pie.
No habÃa cambiado mucho. En sus oscuros ojos brillaba una luz maligna.
Aliocha recordó más tarde que la joven le habÃa parecido extraordinariamente hermosa en aquellos momentos.
—¿Qué me tiene usted que decir de su parte?
—Sólo esto —dijo Aliocha, mirándola a los ojos—: que se domine usted y no hable en la audiencia de lo que... pasó entre ustedes cuando se vieron por primera vez.
—¡Ah! De mi profunda reverencia para darle las gracias por el dinero —dijo Catalina Ivanovna, riendo amargamente—. ¿Teme por él o por m� Conteste, Alexei Fiodorovitch.
Aliocha la miró atentamente. Trataba de comprenderla.
—Por los dos: por usted y por él.
Catalina Ivanovna enrojeció.
—Usted no me conoce todavÃa, Alexei Fiodorovitch. Bien es verdad que tampoco yo me conozco a mà misma. Acaso me deteste usted mañana después de mi declaración como testigo.