Los hermanos Karamazov

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—Estoy seguro de que declarará usted lealmente —dijo Aliocha—. No hace falta más.

—Las mujeres no somos siempre leales. Hace una hora temía encontrarme con ese monstruo, con ese reptil. Sin embargo, sigue siendo para mi un ser humano...

¿Pero es un asesino? —exclamó volviéndose hacia Iván.

Aliocha comprendió en el acto que, antes de su llegada, Catalina había hecho esta pregunta una y otra vez a su hermano, y que habían terminado discutiendo.

—He ido a ver a Smerdiakov —continuó Catalina Ivanovna—. Me convenciste de que es un parricida. Te creí.

Iván sonrió un poco turbado. Aliocha se estremeció al oír el tuteo. No sospechaba que existiera entre ellos tal intimidad.

—¡Bueno, basta! —exclamó Iván—. Me voy. Hasta mañana.

Salió de la habitación y se dirigió a la escalera. Catalina Ivanovna se apoderó de las manos de Aliocha.

—¡Sígalo! ¡Déle alcance! No lo deje un momento solo. Está loco. ¿No sabe que se ha vuelto loco? Me lo ha dicho el médico. ¡Corra!

Aliocha corrió hasta alcanzar a Iván, que sólo había recorrido unos cincuenta pasos.


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