Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡Demonio de chica!
Con una sonrisa maligna, hizo pedazos la carta sin abrir el sobre. El viento dispersó los trocitos de papel.
—Aún no tiene dieciséis años, y ya se ofrece —dijo en un tono de desprecio.
—¿Se ofrece? ¿Qué quieres decir?
—¡Lo que he dicho, diablo: que se ofrece como una cualquiera!
—¡No digas eso, Iván! —protestó Aliocha, profundamente apenado—. ¡Es una niña; estás insultando a una niña! Esa muchacha está también muy enferma; acaso se vuelva loca. Yo tenÃa que entregarte su carta. Quiero salvarla y esperaba que tú me explicases...
—No tengo nada que explicarte. Si ella es una niña, yo no soy su nodriza. ¡No, no insistas, Alexei! No quiero ni siquiera pensar en ella.
Hubo un nuevo silencio. Iván lo interrumpió, sarcástico:
—Se pasará la noche rezando a la Virgen para saber lo que ha de hacer mañana.
—¿Te refieres a Catalina Ivanovna?
—SÃ. ¿Salvará a Mitia con su declaración, o lo perderá? Pedirá a Dios que la ilumine. Aún no sabe lo que tiene que hacer; no ha tenido tiempo para prepararse.