Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Esa carta no puede existir —exclamó Aliocha con vehemencia—, por la sencilla razón de que Mitia no es el asesino. Mitia no ha matado a nuestro padre.
—Entonces, ¿quién crees que lo ha matado? —preguntó friamente, con arrogancia.
—Tú lo sabes perfectamente —dijo Aliocha, recalcando las palabras.
—¿También tú crees en la fábula que circula sobre ese idiota, ese epiléptico de Srnerdiakov?
—Lo sabes perfectamente —repitió Aliocha en el término de sus fuerzas, temblando, jadeando
—¿Pero quién ha sido? ¡Dilo!
Iván estaba ciego de rabia; no era dueño de sà mismo.
—Yo sólo sé —dijo Aliocha en voz baja— que tú no has matado a nuestro padre.
—¿Que yo no lo he matado? No lo entiendo.
—No, tú no lo has matado —repitió Aliocha con firmeza.
Hubo una pausa.
—¡Pues claro que no! ¡Eso ya lo sé!
Iván estaba pálido y miraba a Aliocha con una sonrisa que tenÃa mucho de mueca. De nuevo se hallaban bajo la luz de un farol.
—Eso no es cierto, Iván. Tú lo has dicho muchas veces que eres el asesino.