Los hermanos Karamazov

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Se detuvo. Permaneció un momento pénsativo. Una extraña sonrisa plegaba sus labios.

—Iván —dijo Aliocha con una voz que la emoción hacía temblar—, te he hablado así porque sé que me crees. Te lo digo y te lo repetiré toda la vida: ¡No has sido tú! ¿Oyes? ¡No has sido tú! Dios me ha inspirado estas palabras, y te las digo, aun a costa de atraerme tu odio eterno.

Iván volvía a ser dueño de sí mismo.

—Alexei Fiodorovitch —dijo, sonriendo fríamente—, bien sabes que no me gustan los profetas ni los epilépticos, y menos aún los enviados de Dios. En este momento rompo contigo, y para siempre. Te agradeceré que me dejes en esta esquina. Te vendrá bien, pues esta calle conduce a casa. Y sobre todo, oye esto bien: no quiero volver a verte hoy.

Dio media vuelta y se alejó con paso firme, sin volverse.

—¡Iván! —gritó Aliocha—. ¡Si hoy te pasa algo, piensa en mí!

Iván no le contestó. Aliocha permaneció en la esquina, cerca del farol, hasta que su hermano desapareció en la oscuridad. Luego echó a andar lentamente, camino de su casa. Ni Iván ni él habían querido vivir en la mansión solitaria de su padre. Aliocha había alquilado una habitación amueblada en una casa particular.


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