Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No; ya habrá visto usted que entre esta habitación y la otra hay un vestÃbulo.
—Bien, escucha. Cuando me despedà de ti en el hospital, me dijiste que si yo no hablaba de tu habilidad para fingir ataques, tú no explicarÃas nuestra conversación en el portal. ¿Qué querias decir? ¿Era una amenaza? ¿Crees que existe un pacto entre nosotros? ¿Supones acaso que te temo?
Iván Fiodorovitch hablaba con indignación. Daba a entender claramente que detestaba los subterfugios y que le gustaba el juego limpio. Por la mirada de Smerdiakov pasó una nube maligna. Su ojo izquierdo empezó a parpadear nerviosamente. ParecÃa decirse: «¿Quieres que hablemos claro? Pues te voy a complacer.»
—Lo que entonces quise decir fue que usted, aun previendo el asesinato de su padre, se marchó, dejándolo sin defensa. Y le prometà callar para evitar juicios desfavorables sobre sus sentimientos... y sobre otras cosas.
Smerdiakov pronunció estas palabras sin precipitarse, en el tono del que es dueño de sà mismo, pero también con provocativa aspereza. Luego se quedó mirando a Iván Fiodorovitch con insolencia.
—¿Qué dices? ¿Estás en tu juicio?
—SÃ, por completo.
—¿De modo que, según tú, yo sabÃa que se iba a asesinar a mi padre? —