Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov El samovar estaba apagado; Smerdiakov se habÃa tomado ya el té. Estaba sentado en un banco, escribiendo en un cuaderno. A su lado habÃa un frasquito de tinta y una bujÃa en un candelero de metal. Al ver a Smerdiakov, Iván tuvo la impresión de que estaba completamente restablecido. TenÃa la cara más llena y más lozana; el cabello, lustroso y bien peinado. Llevaba una bata de vivos colores, acolchada y no muy vieja. Usaba lentes, y este detalle irritó a Iván Fiodorovitch, que lo ignoraba. «¡Llevar lentes ese desgraciado!»
Smerdiakov levantó la cabeza, miró al visitante y se quitó los lentes. Después se puso en pie sin apresurarse, menos por respeto que por observar las reglas de la urbanidad. Iván advirtió al punto estos detalles y, sobre todo, la hostilidad y altivez que habÃa en su mirada. «¿A qué vienes? —parecÃa decir—. Tú y yo ya nos pusimos de acuerdo.» Iván Fiodorovitch apenas podÃa contenerse.
—¡Qué calor hace aquÃ! —dijo desabrochándose el abrigo.
—QuÃteselo —sugirió Smerdiakov.
Iván Fiodorovitch se lo quitó. Después, con manos temblorosas, retiró un poco una de las sillas que habÃa junto a la mesa y se sentó. Smerdiakov habÃa ocupado ya su asiento.
—Ante todo, una pregunta —dijo Iván—. ¿Pueden oirnos?