Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Lo que más irritaba a Iván Fiodorovitch era el tono impertinente de Smerdiakov.
—¡Fuiste tú quien lo mató! —exclamó de pronto.
Smerdiakov sonrió desdeñosamente.
—Usted sabe perfectamente que no fui yo. Y me extraña que un hombre inteligente como usted insista en semejante acusación.
—¿Por qué sospechaste de m�
—Ya lo sabe usted: por miedo. Yo, debido a mi estado, desconfiaba de todo el mundo, y querÃa sondearlo a usted para saber si estaba de acuerdo con su hermano, ya que entonces me quedarÃa sin protección.
—Hace quince dÃas no hablabas asÃ.
—Pero le di a entender lo mismo con medias palabras, creyendo que usted preferÃa esto a que habláramos francamente.
—¡Es el colmo!... Insisto en que me aclares una cosa: ¿cómo pudo tu alma vil concebir esas innobles sospechas?
—Usted era incapaz de matar a su padre con sus propias manos, pero podÃa desear que otro lo hiciera.
—¡Con qué aplomo hablas! ¿Pero por qué habÃa de sentir yo ese deseo?