Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡No sé cómo puedo contenerme! Óyeme, cretino: si yo hubiese tenido que contar con alguien, habrÃa contado contigo, no con Dmitri. Y lo juro que presentà que cometerÃas alguna infamia: recuerdo que tuve esta impresión.
—También yo pensé que usted contaba conmigo —dijo irónicamente Smerdiakov—. O sea que cada vez se desenmascara usted más. Pues si usted se marchó a pesar de tener este presentimiento, esto equivalÃa a decir: «Puedes matar a mi padre: no me opongo.»
—¡Miserable! ¿Eso creÃste?
—Razonemos. Usted querÃa marcharse a Moscú, y, a pesar de los ruegos de su padre, se negaba a ir a Tchermachnia. Pero de pronto, accediendo a mis ruegos, decide ir a ese lugar cercano. Para proceder de este modo era necesario que esperase usted algo de mÃ.
—¡Eso no! ¡Lo juro! —gritó lván, rechinando los dientes.
—¿Cómo que eso no? Usted era el hijo del dueño de la casa. En vez de atender a mis ruegos, debió entregarme a la policÃa, hacerme azotar o pegarme usted mismo en el acto. Pero usted ni siquiera se enfadó. Y se marchó, en vez de quedarse para defender a su padre. ¿Qué podÃa yo deducir de este proceder?
Iván tenÃa el semblante sombrÃo y los puños crispados sobre las rodillas.