Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No. Basta con que se sienta usted desolada. Haga todo cuanto pueda, y se le tendrá en cuenta. Usted ya ha hecho mucho por conseguir conocerse a sà misma profundamente, tal como realmente es. Si me ha hablado con tanta franqueza sólo para oÃr mis alabanzas a su sinceridad, no conseguirá nada, seguramente, en los dominios del amor activo: todo quedará reducido a un sueño, y como un sueño transcurrirá su vida. Entonces, claro es, se olvidará de la vida futura y, en fin de cuentas, se tranquilizará de un modo de otro.
—Me abruma usted. Ahora me doy cuenta de que, al hablarle de mi horror a la ingratitud, daba por descontados los elogios que me valdrÃa mi franqueza. Usted me ha llevado a leer en mà misma.
—¿De veras? Pues bien, tras esta confesión, creo que es usted buena y sincera.