Los hermanos Karamazov

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—¿De modo que no le faltaba alcohol? Y, después de frotarse la espalda, se bebió lo que quedaba en la botella, mientras su esposa murmuraba una oración que sólo ella conoce, ¿no es así?

—Así es.

—¿Bebió usted mucho? ¿Una copita, dos copitas?

—Un vaso, aproximadamente.

—¡Un vaso! Y a lo mejor fue vaso y medio.

Grigori no contestó. Empezaba a darse cuenta del significado de aquellas preguntas.

—¡Vaso y medio de alcohol puro no es cualquier cosa! ¿No cree usted? Con esa cantidad de alcohol en el cuerpo, uno puede ver abiertas todas las puertas, incluso las del paraíso.

Grigori siguió guardando silencio. En la sala se oyeron nuevas risas. El presidente se agitó en su sillón.

——¿Podría decirme —siguió preguntando Fetiukovitch— si estaba usted dormido cuando vio abierta la puerta del jardín?

—Estaba levantado.

—Eso no demuestra que no estuviera usted como dormido.

Nuevas risas.

—Si le hubieran preguntado en aquel momento en qué año estábamos, ¿habría usted podido contestar?

—No lo sé.


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