Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Me lo entregó ayer Smerdiakov, el asesino. Estuve en su casa antes de que se ahorcase. Fue él quien mató a mi padre, no mi hermano. Él lo mató y yo lo instigué a matarlo... ¿Quién no desea la muerte de su padre?
—¿Está usted en su juicio? —exclamó el presidente.
—SÃ, estoy en mi juicio, un juicio vil como el de ustedes, y como el de todos esos... papanatas.
Se habÃa vuelto hacia el público al decir esto. Irritado y despectivo, añadió:
—A lo mejor, han matado a sus padres, y ahora se fingen aterrados y se miran unos a otros haciendo aspavientos. ¡Farsantes! Todos desean la muerte de sus padres. Los reptiles se devoran unos a otros... Si de pronto supieran que aquà no ha habido parricidio, se marcharÃan, defraudados y furiosos. Panem et circenses!..
Pero yo no me quedo corto... ¿Tienen agua? ¡Por Dios, denme un vaso!
Hundió la cabeza entre las manos. El ujier se acercó a él, presuroso. Aliocha se puso en pie y gritó:
—¡No lo crean! ¡Está enfermo! ¡DesvarÃa!
Catalina Ivanovna se habÃa levantado también precipitadamente y miraba a Iván Fiodorovitch, aterrada a inmóvil. Mitia, con una sonrisa que más parecÃa una mueca, escuchaba ansiosamente a su hermano.