Los hermanos Karamazov

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—Tranquilícese —dijo Iván—. No estoy loco. He cometido un crimen, y no se puede pedir elocuencia a un asesino —añadió, sonriendo.

El fiscal, visiblemente nervioso, habló en voz baja al presidente. Los magistrados cambiaban comentarios también en susurros. Fetiukovitch aguzó el oído. El público esperaba con ansiedad. El presidente se tranquilizó.

—Debo advertirle —dijo— que se expresa usted en términos incomprensibles y que aquí no se pueden tolerar. Cálmese y hable..., si verdaderamente tiene algo que decir. ¿Podría usted demostrar todo lo que ha dicho, y así convencernos de que no está delirando?

—El caso es que no tengo testigos. Ese miserable de Smerdiakov no les enviará a ustedes una declaración desde el otro mundo... dentro de un sobre. Ustedes desearían recibir más sobres: no les basta con uno... No, no tengo testigos...

Aunque, bien mirado, tal vez tenga uno.

Quedó ensimismado, sonriendo.

—¿Quién es ese testigo? —le preguntó el presidente.

—Tiene rabo. Es algo que está al margen de toda la regla. Le diable n’existe point.

De pronto, dejó de reir y dijo en tono confidencial:


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