Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No le hagan caso: es un diablejo sin importancia. Debe de estar aquí, en la sala. Seguramente en la mesa de los cuerpos del delito. ¿En qué otra parte puede estar?... Yo le he dicho que no me callaría y él me ha hablado de un cataclismo geológico y de otras tonterías semejantes... Dejen al monstruo en libertad. Ha cantado un himno alegremente; es un ser optimista..., una especie de bribón borracho. «Para Piter ha partido Vanka», vocifera. Y yo, por sólo dos segundos de alegría, daría un cuatrillón de cuatrillones. Ustedes no me conocen. ¡Todo es necio entre ustedes!... En fin, deténganme. Para algo he venido... ¡Ah, cuánta estupidez hay en el mundo!
De nuevo paseó su mirada por la sala, como soñando. La emoción era general.
Aliocha corrió hacia él. Pero el ujier había cogido ya a Iván del brazo.
—¡Suélteme! —gritó éste, mirando fijamente al ujier.
De pronto, lo cogió por los hombros y lo derribó. Los guardias acudieron rápidamente. Lo sujetaron. Iván empezó a vociferar como un energúmeno.
Mientras se lo llevaban, no cesó de proferir palabras incoherentes.