Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Continuaba el silencio. El auditorio, tanto los partidarios de la condena como los de la absolución, estaban petrificados. Pero esta calma sólo duró unos minutos.
Después se desencadenó un espantoso tumulto. Entre los hombres, algunos estaban tan satisfechos, que incluso se frotaban las manos. Los disconformes daban muestras de abatimiento; se encogian de hombros y murmuraban sin darse cuenta de lo que decían. La conducta de las damas fue muy diferente: creí que se iban a amotinar. Primero se quedaron perplejas, sin dar crédito a sus oídos. Luego, de pronto, empezaron a proferir exclamaciones. «¿Es posible?» « ¡Esto es inaudito!» Se levantaban a iban de un lado a otro. Sin duda, creían que se podía rectificar, empezar de nuevo. En este momento Mitia se puso en pie y exclamó con voz desgarrada y tendiendo los brazos hacia delante:
—¡Juro ante Dios y en espera del Juicio Final, que no he matado a mi padre!
¡Katia, te perdono! ¡Hermanos, amigos, absolved a la otra!