Los hermanos Karamazov

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—Escucha, Mitia. Te voy a dar mi opinión sobre este asunto. Ya sabes que yo no miento nunca. Tú no estás preparado para llevar esa cruz: es demasiado pesada para ti. Además, no hay razón ninguna para que sufras semejante castigo. Si hubieras matado a tu padre, yo sería el primero en lamentar que eludieras la expiación. Pero eres inocente, y la cruz demasiado pesada para un hombre como tú. Querías sufrir para redimirte. Pues bien, ten siempre presente este deseo de regeneración, y eso bastará. El hecho de que hayas eludido la terrible prueba avivará en ti este afán, y este sentimiento contribuirá más a tu regeneración que si fueras a presidio. No, no soportarías los sufrimientos del penal. Protestarías y acabarías por decir a gritos que tienes derecho a ser libre. Tu defensor ha dicho la verdad cuando ha hablado de esto. No todos son capaces de soportar pesadas cargas: algunos sucumben... Querías conocer mi opinión; ya sabes cuál es. Si tu huida hubiera de costar cara a algunos oficiales y soldados del convoy, «no lo permitiría» —Aliocha sonrió de nuevo— que te escaparas. Pero el mismo jefe de la etapa ha dicho que si se hacen bien las cosas no habrá sanciones graves y que todos saldrán bien librados. Cierto que es una falta corromper las conciencias, incluso en un caso como éste, pero me guardaré mucho de juzgarte, pues si Iván y Katia me hubieran cónfiado un papel en este asunto, no habría vacilado en hacer use de la corrupción: te lo confieso porque quiero decirte toda la verdad. De modo que no soy quién para juzgar tu manera de proceder. Pero quiero que sepas que no te condenaré jamás. Además, ¿cómo puedo ser tu juez en este asunto? En fin, creo que ya he examinado todos los puntos de la cuestión.


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