Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Katia apareció en el umbral. Se detuvo un instante y fijó en Mitia una mirada indefinible. Dmitri se levantó inmediatamente. Estaba pálido y en su semblante había una expresión de terror. Pero pronto se dibujó en sus labios una sonrisa tímida y suplicante, y de súbito, con un impulso irresistible, tendió los brazos a Katia. Ella corrió hacia él, le cogió de las manos, lo obligó a volverse a sentar en la cama y se sentó junto a él, sin soltarle las manos y apretándolas convulsivamente. Los dos intentaron varias veces hablar, pero no dijeron nada: se quedaron mirándose en silencio, con una extraña sonrisa. Así pasaron dos minutos.
—¿Me has perdonado? —preguntó al fin Mitia. Y volviéndose hacia Aliocha, le gritó triunfalmente—: ¿Has oído lo que le he preguntado? ¿Has oído?
—Te quiero —dijo Katia— por la generosidad de tu corazón. Ni tú necesitas que yo te perdone, ni yo necesito que me perdones tú. Me perdones o no, nuestro mutuo recuerdo será una llaga en nuestras almas. Así debe ser.
Se detuvo. Le faltaba la respiración. De pronto prosiguió, vehemente y exaltada:
—¿Sabes para qué he venido? Para besarte los pies, para estrujarte las manos hasta hacerte daño. Como en Moscú, ¿te acuerdas? He venido a decirte una vez más que eres mi dios, mi alegría, que te amo locamente...