Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Dijo esto último en un sollozo. Aplicó ávidamente sus labios a la mano de Mitia y sus lágrimas fluyeron. Aliocha guardó silencio, desconcertado: no esperaba esta escena.
—Nuestro amor se ha desvanecido, Mitia —continuó Katia—; pero amo con dolor nuestro pasado. No olvides esto.
Sonrió extrañamente, miró a Mitia con un fulgor de alegrÃa en los ojos y continuó:
—Imaginémonos por un instante que es verdad lo que, aunque no lo sea, habrÃa podido serlo. Ahora nuestro amor va hacia otros. Sin embargo, lo seguiré amando siempre y tú me seguirás amando a mÃ. ¿Lo sabÃas? Óyelo bien: ¡quiéreme siempre!
En su voz trémula habÃa un algo de amenaza.
—SÃ, Katia —balbució Mitia penosamente, y añadió, deteniéndose después de pronunciar cada palabra—. Te querré siempre... Hace cinco dÃas..., aquella tarde en que caÃste desvanecida en la audiencia... y se lo llevaron..., lo querÃa... Y asà será siempre... Toda la vida lo querré.
Asà era su diálogo. Cambiaban palabras absurdas, exaltadas, incluso mentÃan; pero eran sinceros y se creÃan el uno al otro sin reservas.