Los hermanos Karamazov

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—Oye, Katia —exclamó Mitia de pronto—. ¿Crees que soy un asesino? No, ahora no lo crees, lo sé; pero ¿lo creías entonces, cuando lo dijiste ante el tribunal?

—No, nunca lo creí. Entonces te detestaba y conseguí convencerme momentáneamente de que eras culpable. Pero, apenas hube dicho al tribunal mi última palabra, dejé de creer en tu culpa.

Hizo una pausa y, de pronto, dijo en un tono que no tenía la menor semejanza con el acento cariñoso empleado hasta entonces:

—Me olvidaba de que he venido aquí para excusarme dignamente.

—Yo veo lo duro que es esto para ti.

—¡Basta ya! —exclamó Katia—. Volveré. Ahora no puedo más.

Se había puesto en pie. De pronto lanzó un grito y dio un paso atrás.

Repentinamente, sin producir el menor ruido, cuando nadie la esperaba, Gruchegnka había entrado en la habitación. Katia corrió hacia la puerta, pero se detuvo ante la recién llegada y, pálida como la cera, musitó:

—¡Perdóneme!

Gruchegnka la miró a los ojos, guardó silencio un instante y exclamó con voz impregnada de amargura y de odio:


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