Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Las dos somos malas. No nos podemos perdonar la una a la otra. Sin embargo, si lo salva, toda la vida oraré por usted.
—¿Cómo puedes negarte a perdonarla? —le reprochó Mitia vivamente.
—Tranquilícese: lo salvaré —dijo Katia. Y se marchó.
—¡Te ha pedido perdón y se lo has negado! —exclamó Mitia amargamente.
Aliocha se apresuró a intervenir.
—No puedes reprocharle nada, Mitia: no tienes ningún derecho.
—Es su orgullo y no su corazón el que habla —dijo Gruchegnka, despechada—
. Que lo salve y se lo perdonaré todo.
Calló. Aún no se había repuesto de su sorpresa. Se había presentado casualmente, sin sospechar, ni mucho menos, que pudiera encontrarse con Katia.
—¡Corre tras ella, Aliocha! —dijo Mitia—. Dile lo que te parezca, pero no la dejes marcharse así.
—¡Volveré esta tarde! —gritó Aliocha, echando a correr para que Katia no se le escapase.
La alcanzó fuera del recinto del hospital. Katia tenía prisa. Dijo precipitadamente:
—No, no puedo humillarme ante esa mujer. Le he pedido perdón, porque quería apurar el cáliz. Ella me lo ha negado. Se lo agradezco.