Los hermanos Karamazov

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Los portadores del ataúd continuaron su camino hacia la puerta. Nina dio su último beso a su hermano. Aliocha, después de cruzar el umbral, suplicó a la patrona que velara por las dos mujeres. Ella le contestó, sin dejarlo terminar:

—Conocemos nuestros deberes. Nosotras también somos cristianas. No nos separaremos de ellas.

Al decir esto, la pobre vieja lloraba.

La iglesia estaba cerca, a no más de trescientos pasos. Era un dia despejado, de temperatura soportable: la nieve apenas se había helado. Seguían sonando las campanas. Snieguiriov iba detrás del féretro, nervioso y desorientado, con su sombrero de anchas alas en la mano y envuelto en su viejo abrigo, demasiado ligero para andar por la nieve. Era presa de extraña inquietud. Unas veces iba al lado del féretro; otras se situaba delante de él y trataba de ayudar a los porteadores, consiguiendo únicamente entorpecerlos. Cayó una flor en la nieve y se apresuró a recogerla, como si se tratara de un objeto de gran valor.

—¡El pan! —exclamó de pronto, aterrado—. ¡Nos hemos olvidado del pan!

Pero los niños le recordaron que antes de salir de su casa había cogido un trozo de pan y se lo había guardado en el bolsillo. El capitán lo sacó y se tranquilizó al verlo.


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