Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Llegaron al fin a la iglesia y se colocó el ataúd en el centro. Los niños lo rodearon y observaron una actitud ejemplar durante la ceremonia. La iglesia era vieja y pobre. La mayoría de los iconos carecían de marco. Una de esas iglesias humildes en que los fieles se sienten más a sus anchas y son más sinceros en sus oraciones. Durante la misa, Snieguiriov se mostró más sereno; pero, de vez en cuando, le acometían sus preocupaciones inconscientes y se acercaba al ataúd para arreglar el patio mortuorio o el vientchik, o para volver a colocar en su sitio un cirio que se había caído de su candelero. Al fin, se calmó por completo y permaneció en la presidencia del duelo, perplejo y preocupado. Después de la epistola, dijo en voz baja a Aliocha que no se había leido comme il faut, aunque no explicó por qué. Empezó a cantar el himno de los querubines. Después, antes de terminar, se prosternó, se inclinó hasta apoyar la frente en el suelo, y permaneció así largo rato. Al fin, se dijo el responso y se distribuyeron los cirios. El capitán estuvo a punto de ceder a nuevos arrebatos, pero la majestad del canto fúnebre lo paralizó. Con la cabeza doblada sobre el pecho, empezó a llorar, primero ahogando los sollozos, después ruidosamente. En el momento de las despedidas, cuando se iba a cerrar definitivamente el ataúd, el capitán rodeó con sus brazos el cuerpo de su hijo y cubrió su rostro de besos. Se lo llevaron; pero de pronto volvió atrás y cogió algunas flores del ataúd. Al contemplarlas, surgió en su mente una nueva idea que le hizo olvidar todo lo demás por unos instantes. Poco a poco, fue quedando ensimismado. No opuso ninguna resistencia cuando se llevaron el féretro.