Los hermanos Karamazov

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La sepultura estaba situada cerca de la iglesia y su precio era considerable. La había pagado Catalina Ivanovna. Después de los ritos habituales, los sepultureros introdujeron el ataúd en la fosa. Snieguiriov, con las flores en la mano, se inclinó tanto hacia delante en el borde de la cavidad, que los muchachos, asustados, se aferraron a su abrigo y tiraron de él hasta conseguir que el capitán retrocediera.

Éste no parecía darse cuenta de lo que pasaba. Cuando rellenaron la fosa, señaló la tierra que se iba amontonando sobre ella y empezó a decir cosas ininteligibles.

Pronto se calló. Entonces, alguien le recordó que había que desmigar el pan. El capitán se apresuró a sacarlo del bolsillo y desmenuzarlo sobre la sepultura, mientras murmuraba: «¡Acudid, pajarillos; venid, preciosos gorriones!» Uno de los muchachos le dijo que las flores le estorbaban y que debía confiárselas a alguien. Pero él no las quiso soltar, como si temiera que se las robaran. Y cuando observó que todo había terminado y que había desmigado todo el pan, echó a andar hacia su casa, primero con paso normal, después con prisa creciente. Los muchachos y Aliocha lo siguieron de cerca.

—¡Flores para «mamá», flores para «mamá»! —exclamó de pronto—. La hemos ofendido.


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