Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Alguien le dijo que se pusiera el sombrero; pues hacía frío. Pero él, como irritado por esta advertencia, lo arrojó a la nieve.
—¡No lo quiero, no lo quiero! —gritó.
Smurov recogió el sombrero. Todos los niños lloraban, especialmente Kolia y el descubridor de Troya.
El llanto no impidió a Smurov encontrar entre la nieve una piedra para arrojarla a una bandada de gorriones que venía hacia ellos. Naturalmente, erró el tiro y, sin dejar de llorar, corrió para alcanzar al grupo.
A medio camino, Snieguiriov se detuvo de pronto, como si se acordara de algo.
Se volvió hacia la iglesia y echó a andar hacia la sepultura abandonada. Pero los niños corrieron hacia él, lo rodearon y lo sujetaron. El capitán rodó por la nieve tras una lucha agotadora y empezó a llorar, a debatirse, a gritar:
—¡Iliucha, hijo mío!
Kolia y Aliocha lo levantaron y procuraron calmarlo.
—¡Basta, capitán! —dijo Kolia—. Un hombre valeroso como usted debe soportarlo todo.
—Está aplastando las flores —dijo Aliocha—. Tenga en cuenta que las espera su esposa. Está llorando porque usted no le ha querido dar ninguna flor de Iliucha.
Todavía está allí la cama de su hijo.