Los hermanos Karamazov

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—Sí, vamos a ver a «mamá» —dijo de pronto Snieguiriov—. ¡Se pueden llevar la cama! —añadió, convencido de que se la podian llevar.

Se levantó y echó a correr hacia la casa. Como estaban cerca, todos llegaron pronto y al mismo tiempo. Snieguiriov abrió la puerta vivamente. Estaba arrepentido de haberse mostrado tan duro con su esposa.

—¡Toma, «mamá» ! ¡Estas flores te las envía Iliucha!

Y le entregó las aplastadas flores, que había revolcado con su cuerpo por la nieve.

En este momento vio los zapatos de Iliucha en un rincón, cerca de la cama. La patrona acababa de ponerlos allí al arreglar la habitación. Eran unos zapatos viejos, remendados. Al verlos, el capitán levantó los brazos, echó a correr y cayó de rodillas junto a ellos. Cogió uno de los zapatos y lo cubrió de besos mientrás gritaba:

—¡Iliucha, mi querido Iliucha! ¿Dónde están tus pies?

—¿Adónde lo has llevado, adónde lo has llevado? —preguntó la loca, desesperada.

Nina se echó a llorar. Kolia se apresuró a salir de la casa. Sus compañeros le siguieron, y Aliocha también.

—Dejémoslos llorar —dijo Alexei a Kolia—. No podríamos consolarlos.


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