Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Después volveremos.
—Tienes razón: no podemos hacer nada —convino Kolia. Y añadió bajando la voz para que sólo Aliocha lo oyese—: ¡Qué pena tengo, Karamazov! ¡No sé lo que darÃa por verlo de nuevo con vida!
—Yo también —dijo Aliocha.
—¿Crees que debemos volver esta tarde? Ese hombre se emborrachará.
—Seguramente. Vendremos sólo tú y yo y estaremos un rato con Nina y su madre. Si viniéramos todos, le recordarÃamos estos tristes momentos.
—La patrona está preparando la mesa para la comida de funerales. Vendrá el pope. ¿Crees que debemos asistir, Karamazov?
—Si.
—No lo comprendo, Alexei. En horas tan amargas, reunirse para comer tortas.
¡Qué cosas tan extrañas tiene nuestra religión!
—Habrá salmón —dijo de pronto el muchacho que habÃa descubierto Troya.
Kolia lo miró, indignado.
—Oye, Kartachov: te agradeceré que no molestes con tus tonterÃas, y menos a quien no te dirige la palabra a incluso desea olvidarse de que existes.
Kartachov enrojeció y no dijo nada. Pero poco después, cuando el grupo avanzaba por el camino, exclamó de pronto: