Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —¡No, no; ha sido simplemente una broma! Perdóname. Estaba pensando en otra cosa. Pero, oye: ¿quién te ha dado todos esos detalles? Porque tú no estabas en casa de Catalina Ivanovna cuando mi hermano habló de ti, ¿verdad?
—No, no estaba. Pero Dmitri Fiodorovitch refirió todo esto en casa de Gruchegnka y yo le oà desde el dormitorio, de donde no podÃa salir mientras estuviera allà Mitia.
—Comprendido. Ya no me acordaba de que Gruchegnka es parienta tuya.
—¿Parienta mÃa? ¿Gruchegnka parienta mÃa? —exclamó Rakitine, enrojeciendo hasta las orejas—. ¿Has perdido el juicio? ¡No sabes lo que dices!
—¿Cómo? ¿No es parienta tuya? Pues lo he oÃdo decir.
—¿Dónde? ¡Ah señores Karamazov! Tenéis humos de alta y vieja nobleza, olvidándoos de que vuestro padre era un simple bufón en mesas ajenas, donde se ganaba un plato de comida. Yo no soy sino el hijo de un pope, nada a vuestro lado; pero no me insultéis con esos aires de alegre desdén. Yo también tengo mi honor, Alexei Fiodorovitch, y me avergonzarÃa de estar emparentado con una mujer pública.
Rakitine estaba excitadÃsimo.
—Perdóname, te lo ruego —dijo Aliocha, que se habÃa puesto como la grana—.