Los hermanos Karamazov

Los hermanos Karamazov

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—¡Calla, Aliocha; calla, querido! Me dan ganas de besarte la mano. ¡Esa bribona de Gruchegnka conoce a los hombres! Una vez me dijo que un día a otro se te zampará... Bueno, me callo. Y dejemos este terreno manchado por las moscas y hablemos de mi tragedia, en la que también pululan las moscas, es decir, toda clase de degradaciones. Aunque el viejo mintió cuando dijo que yo despilfarraba el dinero persiguiendo a las doncellas, esto ocurrió una vez, una sola. Pero él, que me acusaba de faltas inexistentes, no sabía ni sabe nada de este caso. No se lo he contado a nadie. Tú eres el primero que lo vas a saber..., mejor dicho, el segundo, pues si que se lo he contado a otro, hace ya mucho tiempo: a Iván. Pero Iván permanecerá mudo como una tumba.

—¿Como una tumba?

—Sí.

Aliocha escuchó más atentamente.

—Aunque era abanderado de un batallón destacado en una pequeña ciudad, se me vigilaba como si fuera un deportado. Pero fui bien acogido en la localidad.

Despilfarraba el dinero; se me tenía por rico y yo creía serlo. Ademas, debía de ser grato a aquella gente por otras razones. Aunque sacudiendo la cabeza ante mis calaveradas, se me tenía afecto.


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