Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »Mi teniente coronel, que era ya un viejo, me tomó ojeriza. Empezó a perseguirme, pero yo no me dormí y toda la ciudad se puso a mi favor, por lo cual no podía hacerme mucho daño. Mi falta consistía en que, llevado de mi orgullo, no le rendia los honores a los que tenía derecho. El obstinado viejo era una buena persona en el fondo, un hombre hospitalario. Se había casado dos veces y era viudo. Su primera esposa, mujer de baja condición, le había dado una hija tan vulgar como ella. La joven tenía entonces veinticuatro años y vivía con su padre y una tía materna. Lejos de tener la candidez silenciosa de su tía, la suya iba acompañada de una gran vivacidad. Jamás he conocido un carácter de mujer tan encantador. Se llamaba nada menos que Ágata, Ágata Ivanovna. Era bonita para el gusto ruso, alta, con buenas carnes y unos hermosos ojos, aunque de expresión un poco vulgar. Permanecía soltera a pesar de haber tenido dos peticiones de matrimonio, y conservaba su carácter alegre. Trabé amistad con ella, pero con toda castidad y todo honor, pues has de saber que he tenido más de una amistad femenina perfectamente pura.