Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov ¿La has visto? Es una beldad. Pero entonces estaba hermosa por la nobleza de su corazón, por su grandeza de alma y su devoción filial, junto a mí, que soy una persona vil y repugnante. En aquel momento ella dependía de mí enteramente, en cuerpo y alma. Te confieso que el pensamiento inspirado por el ciempiés se apoderó de mi corazón con tal intensidad, que creí morir de angustia. No me parecía posible luchar: no veía más solución que conducirme vilmente, como una maligna tarántula, sin sombra de piedad... Desde luego, al día siguiente habría ido a pedir su mano, para goner un fin noble a mi proceder, y nadie se habría enterado de nada. Púes aunque tengo bajos instintos, soy una persona cortés. Pero, de pronto, oigo murmurar a mi oído: «Mañana, cuando vayas a pedir su mano, ella no querrá verte y te hará echar por el cochero. Dirá que no le importa que vayas pregonanado su deshonor por toda la ciudad.» La miré para ver si esta voz decía la verdad, y advertí que la expresión de su rostro no dejaba lugar a dudas: me echarían a la calle. La cólera se apoderó de mi. Sentí el deseo de proceder con ella del modo más vil, de jugarle una mala pasada de tendero, de mirarla irónicamente mientras permanecía plantada ante mí y decirle con ese tono que sólo saben emplear los tenderos: