Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov »Me acerqué a la ventana y apoyé la frente en el cristal helado. Recuerdo que aquel frío me produjo el efecto de una quemadura. Tranquilízate: no la retuve mucho tiempo. Me acerqué a mi mesa, abrí un cajón y saqué una obligación de cinco mil rublos al portador, que estaba entre las páginas de mi diccionario de francés. Sin decir palabra, se la mostré, la doblé y se la di. Luego abrí la puerta y me incliné profundamente. Ella se estremeció de pies a cabeza, me miró fijamente unos instantes, se puso blanca como un lienzo y, sin despegar los labios, sin ninguna brusquedad, sino con dulce y suave ternura, se prosternó a mis pies hasta tocar el suelo con la frente, no como una señorita educada en un pensionado, sino al estilo ruso. Después se levantó y huyó.
»Cuando se hubo marchado, saqué mi espada y estuve a punto de clavármela.
¿Por qué? No lo sé. Tal vez en un arranque de entusiasmo. Desde luego, habría sido un acto absurdo. ¿Comprendes que un hombre se pueda matar de alegría...?
Pero me limité a besar la hoja y la introduje de nuevo en la funda...
»Podría haberme callado todo esto. Por otra parte, me parece que me he extendido demasiado, jactanciosamente, al explicarte las luchas de mi conciencia.