Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Eso no es cierto. No me has dicho nada por maldad. En el fondo, me desprecias. Has venido a mi casa para demostrarme tu desprecio.
—Me voy. El coñac se te empieza a subir a la cabeza.
—Te he rogado insistentemente que fueras a Tchermachnia para uno o dos dÃas, y no has ido.
—Partiré mañana, ya que tanto te interesa.
—No lo creo. Tú quieres estar aquà para espiarme.
El viejo no se calmaba; habÃa llegado a ese punto de la embriaguez en que los bebedores, incluso los más pacÃficos, sienten de pronto el deseo de poner de manifiesto sus cosas malas.
—¿Por qué me miras as� Tus ojos me están diciendo: «¡Despreciable borracho!» Tu mirada está llena de desconfianza y desprecio. Eres astuto como tú solo. La mirada de Alexei es radiante: él no me desprecia. Alexei, guárdate de querer a Iván.
—No te enojes con mi hermano. Le has ofendido —dijo Aliocha firmemente.
—Está bien. ¡Ah, qué dolor de cabeza tengo! Iván, dame el coñac: te lo he dicho ya tres veces.
Quedó pensativo y de pronto sonrió astutamente.