Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Tampoco permite amenazarle ante testigos de volver para acabar con él. Si quisiera, podrÃa hacer que lo detuviesen por la escena de ayer.
—Entonces, ¿no piensas denunciarlo?
—Iván me ha disuadido. A mÃ, Iván me tiene sin cuidado, pero me ha dicho algo interesante.
Se inclinó sobre Aliocha y continuó en tono confidencial:
—Si hago detener a ese granuja, ella se enterará y correrá hacia él. En cambio, cuando ella sepa que Dmitri me ha agredido, a mÃ, viejo y débil, y que ha estado a punto de matarme, tal vez lo abandone y venga a mi. Tal es su carácter; es un espÃritu de contradicción. La conozco muy bien... ¿No quieres un poco de coñac?
Entonces toma café frÃo. Le añadiré un chorrito de coñac, la cuarta parte de una copita, y verás qué bien sabe.
—No, gracias —dijo Aliocha—. Prefiero llevarme ese panecillo, si me lo permites. —Y mientras se guardaba el blando panecillo en el bolsillo de su hábito, añadió, mirando tÃmidamente a su padre—: No debes beber.
—Tienes razón. El coñac me irrita. Pero sólo un vasito.
Abrió el aparador, llenó el vasito, volvió a cerrar el mueble y se guardó la llave en el bolsillo.