Los hermanos Karamazov

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—Ya voy, Lise, ya voy. Pero no grites, no te exaltes. Observa la serenidad con que Alexei Fiodorovitch soporta el dolor. ¿Cómo se ha hecho eso, Alexei Fiodorovitch?

Y se marchó sin esperar la respuesta. Lise no deseaba otra cosa.

—Ante todo —dijo la joven rápidamente—, contésteme a esta pregunta:

¿dónde se ha herido? Después hablaremos de otras cosas. ¡Hable!

Aliocha comprendió que no había tiempo que perder, a hizo un relato exacto, aunque resumido, de su encuentro con los colegiales. Lise le escuchó sin interrumpirle. Luego enlazó las manos.

—¿Cómo se le ha ocurrido, y más vistiendo ese hábito, mezclarse con unos chiquillos? —exclamó, indignada, como si tuviera algún derecho sobre él—. Me ha demostrado usted que es más chiquillo que ellos. Sin embargo, no deje de enterarse de quién es ese rapaz de malos instintos y cuéntemelo todo después. Ahí debe de haber algún secreto. Ahora, a otra cosa. ¿Puede usted hablar cuerdamente de nimiedades a pesar del dolor?

—¡Claro que sí! Además, el dolor no es muy fuerte.


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