Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Porque tiene usted el dedo en el agua. Por cierto, que hay que cambiarla en seguida, antes de que se caliente. Julia, ve a buscar un poco de hielo a la cueva y otro tazón de agua... Ya se ha marchado. Voy a decirle lo que le querÃa decir. Mi querido Alexei Fiodorovitch, hágame el favor de devolverme inmediatamente mi carta. Mi madre volverá de un momento a otro y no quiero que...
—No la llevo encima.
—Eso no es verdad; sà que la lleva. SabÃa que me darÃa usted esa contestación.
Toda la noche he estado arrepintiéndome de mi estúpida broma. Devuélvame la carta en seguida. ¡Devuélvamela!
—Me la he dejado en mi habitación.
—Sin duda, después de la tonterÃa que he cometido, usted habrá pensado que soy una niña. Perdóneme. Y devuélvame la carta. Si es de verdad que no la lleva encima, tráigamela hoy mismo.
—Hoy me es imposible, pues he de volver al monasterio y quedarme allÃ. No podré venir a verla de nuevo hasta dentro de dos, de tres o tal vez de cuatro dÃas.
El starets Zósimo...
—¿Cuatro dÃas? ¡Qué disparate! DÃgame: ¿se ha reÃdo mucho de mÃ?
—Nada absolutamente.
—¿Por qué?