Los hermanos Karamazov

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—¡Venga aquí! —le ordenó—. ¡Basta ya de tonterías! ¿Por qué ha tardado usted tanto en decirlo? Habría podido desangrarse, mamá... ¿Cómo se ha hecho eso?... Ante todo hay que traer agua para lavar la herida. Meterá el dedo en agua fría para calmar el dolor y lo tendrá dentro del agua un buen rato... ¡Pronto, mamá: agua en una taza! ¡Pronto, pronto!

Hablaba con nerviosa celeridad. La herida de Aliocha la había impresionado profundamente.

—¿Y si enviáramos en busca del doctor Herzenstube? —preguntó la señora de Khokhlakov.

—¡Acabarás conmigo, mamá! ¿Para qué quieres que venga el doctor? ¿Para que diga que no comprende nada? ¡El agua, mamá; el agua, por el amor de Dios!

Ve a ver qué hace Julia que no la trae. Esa mujer nunca llega a tiempo. ¡Corre, mamá!

—¡Pero si no es nada! —dijo Aliocha, asustado ante la inquietud de Lise y su madre.

Llegó Julia con el agua. Aliocha sumergió el dedo.

—¡Por favor, mamá; trae hilas y esa agua turbia que usamos para los cortes! No recuerdo cómo se llama. ¡Tenemos, mamá, tenemos! ¿Sabes dónde está? En tu dormitorio, en el armario, a la derecha. Allí hay un gran frasco. Y también están las hilas.


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