Los hermanos Karamazov

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—Seré para él como Dios y me dirigirá sus oraciones. Es lo mejor que puede hacer para compensarme de su traición y de lo que tuve que soportar ayer por su culpa. Y verá que, a pesar de su traición, yo permaneceré fiel a mi palabra. No seré para él sino el medio, el instrumento que le asegurará la felicidad para toda la vida, ¡para toda la vida! Ésta es mi resolución. Iván Fiodorovitch la aprueba sin reservas.

Se ahogaba. Sin duda, su deseo había sido expresar su pensamiento más dignamente y con más naturalidad, pero lo había hecho precipitadamente y sin el menor disimulo. Hubo en sus palabras mucha excitación juvenil, algo de la irritación que le había producido la escena de la tarde anterior y cierta necesidad de mos asombró a Aliocha. La desdichada y herida joven que lloraba con el corazón desgarrado cedió en un instante su puesto a una mujer completamente dueña de sí misma y, además, tan satisfecha como si acabara de recibir una gran alegría.

—No es su marcha lo que me alegra, desde luego —advirtió con una encantadora sonrisa de mujer mundana—. Un amigo como usted no puede creer tal cosa. Por el contrario, su partida me apena de veras.

Se arrojó sobre Iván Fiodorovitch, se apoderó de sus manos y las estrechó calurosamente.


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