Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Lo que me alegra –continuó —es que podrá usted exponer a mi tia y a Ágata mi situación con todos sus horrores. A Ágata puede hablarle usted con toda franqueza, pero con mi querida tia sea más prudente. Usted sabe mejor que nadie cómo se hacen estas cosas. No puede usted imaginarse hasta qué punto me he torturado el cerebro ayer y esta mañana, tratando de hallar el modo de darles esta espantosa noticia. Su viaje me soluciona el problema, ya que usted podrá visitarlas y explicarles todo lo ocurrido. ¡Oh, qué feliz soy! Pero sólo por esta circunstancia, se lo repito, pues su presencia es para mí indispensable... Voy a escribir una carta
—terminó, dando un paso hacia la puerta.
—Se olvida usted de Aliocha —exclamó la señora de KhokhIakov en un tono en que el sarcasmo se mezclaba con la irritación—. Usted ha dicho que anhelaba conocer la opinión de Alexei Fiodorovitch.
—No lo he olvidado —repuso Catalina Ivanovna deteniéndose—. ¿Pero por qué es usted tan dura conmigo en un momento como éste, Catalina Osipovna? —
añadió en un tono de amargo reproche—. Mantengo lo dicho: necesito conocer su opinión, mejor dicho, su decisión. La aceptaré como una ley. Esto, Alexei Fiodorovitch, le demostrará hasta qué extremo tengo sed de sus palabras... ¿Pero qué le pasa?
—Nunca lo hubiera creído, de ningún modo me lo podía imaginar —dijo Aliocha, consternado.