Los hermanos Karamazov

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—Sí, juntos, juntos. Desde ahora y para toda la vida. Béseme, se lo permito.

Aliocha le dio un beso.

—Ahora váyase —dijo Lise—. ¡Que Dios no le abandone! —e hizo la señal de la cruz—. Vaya a ver a su amigo, ya que todavía hay tiempo. No he debido retenerle: he sido despiadada. Hoy rogaré por él y por usted. Aliocha, ¿verdad que seremos felices?

—Yo creo que si, Lise.

Aliocha no tenía intención de ver a la señora de Khokhlakov al dejar a Lise, pero se encontró con ella en la escalera. Apenas empezó ésta a hablar, el joven comprendió que la dama le estaba esperando.

—Eso es horrible, Alexei Fiodorovitch: un infanticidio y una necedad. Confío en que usted no se hará ilusiones... ¡Tonterías y nada más que tonterías! —

exclamó, irritada.

—Pero no se lo diga a ella. La trastornaría, le haría daño.

—Así habla un joven prudente y razonable. ¿Debo entender que usted le ha llevado la corriente sólo por compasión, porque está enferma, por no irritarla al contradecirla?

—Nada de eso: le he hablado sinceramente —repuso Aliocha con firmeza.


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