Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov Todo se desarrolló sin obstáculos. Aliocha franqueó la valla casi por el mismo sitio que el dÃa anterior y se dirigió furtivamente al pabellón. No querÃa que le viesen. Tanto la propietaria como Foma podÃan estar de parte de su hermano y seguir sus instrucciones, en cuyo caso, o le expulsarÃan o advertirÃan de su presencia a Dmitri apenas le viesen llegar.
Se sentó en el mismo sitio que el dÃa anterior y esperó. El dÃa era igualmente hermoso, pero el pabellón le pareció más destartalado que la vÃspera. El vasito de coñac habÃa dejado una señal redonda en la mesa verde. A su mente empezaron a acudir ideas extrañas, como ocurre siempre en el tedio de las esperas. ¿Por qué se habÃa sentado en el mismo sitio que el dÃa anterior y no en otro cualquiera? Se apoderó de él una vaga inquietud. Llevaba no más de un cuarto de hora, cuando, desde el matorral que habÃa a unos veinte pasos del pabellón, llegaron a él los acordes de una guitarra. Aliocha se acordó de que el dÃa anterior habÃa visto cerca de la valla, a la izquierda, un banco rústico. De él salÃan los sonidos musicales.
Acompañándose con los acordes de la guitarra, una voz de tenorino cantó con floreos de gañán:
—Una fuerza implacable
me ata a mi bienamada.
Señor, ten piedad