Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov de ella y de mÃ,
de ella y de mÃ.
El cantante enmudeció. Otra voz, ésta de mujer, acariciadora y tÃmida, murmuró:
—¿Cómo es que le vemos tan poco, Pavel Fiodorovitch? Nos tiene usted olvidadas.
—Eso no —repuso la voz de hombre, firme pero cortésmente.
Se vela que era el hombre el que dominaba y que la mujer se sometÃa gustosa a este dominio.
«Debe de ser Smerdiakov —pensó Aliocha—. Por lo menos, ésa es su voz. La mujer es sin duda la hija de la propietaria, esa que ha vuelto de Moscú y va con vestido de cola a buscar sopa a casa de Marta Ignatievna.»
—Los versos me encantan cuando son armoniosos —prosiguió la voz de mujer—. Continúe.
La voz del tenor siguió cantando:
—La corona no me importa
si mi amiga se porta bien.
Señor, ten piedad
de ella y de mÃ,
de ella y de mÃ.