Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —EstarÃa mejor —opinó la mujer— decir, después de eso de la corona, «si mi amada se porta bien». ResultarÃa más tierno.
—Los versos son verdaderas simplezas —afirmó Smerdiakov.
—¡Oh, no! Yo adoro los versos.
—No hay nada más tonto. En seguida me dará la razón. ¿Acaso nosotros hablamos en rimas? Si las autoridades nos obligaran a hablar en verso, ¿durarÃa esto mucho? Los versos no son cosa serÃa, MarÃa Kondratievna.
—¡Qué inteligente es usted! ¿Dónde ha aprendido todo eso? —dijo la voz de mujer con acento cada vez más acariciador.
—Pues aún sabrÃa mucho más si la suerte no me hubiera sido adversa. Y, en este caso, habrÃa matado en duelo a todo el que me llamara desgraciado por no tener padre y haber nacido de una mujer hedionda. Esto me lo echaron en cara en Moscú, donde lo sabÃan por Grigori Vasilievitch. Grigori me reprocha que me rebele contra mi nacimiento. «Destrozaste las entrañas a tu madre.» Cierto, pero habrÃa preferido morir en su vientre que venir al mundo. En el mercado se decÃa, como me ha contado su madre con su falta de delicadeza, que la mÃa era una tiñosa que apenas medÃa metro y medio de altura... Odio a Rusia, MarÃa Kondratievna.
—Si fuese usted húsar, no hablarÃa asÃ, sino que desenvainarÃa su sable para defender a Rusia.