Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —No solamente no quiero ser húsar, MarÃa Kondratievna, sino que deseo la supresión de todo el ejército.
—Y si viene el enemigo, ¿quién nos defenderá?
—¿Para qué queremos que nos defiendan? En mil ochocientos doce, Rusia fue vÃctima de la gran invasión de Napoleón primero, el padre del actual. Fue una lástima que los franceses no nos conquistasen, que una nación inteligente no sojuzgara a un pueblo estúpido. Si nos hubiesen conquistado, ¡qué distinto habrÃa sido todo!
—¿O sea que valen más que nosotros? Pues yo no cambiarÃa uno de nuestros buenos mozos por tres ingleses —dijo MarÃa Kondratievna con voz dulce y sin duda acompañando sus palabras de la mirada más lánguida.
—Eso va en gustos.
—Usted es como un extranjero entre nosotros, el más noble de los extranjeros: no me da vergüenza decÃrselo.
—Verdaderamente, en la maldad, la gente de allà y de aquà se parece. Todos son unos granujas, con la diferencia de que el bribón extranjero lleva botas lustradas y el bribón ruso vive sumergido en la miseria sin lamentarse. ConvendrÃa fustigar al pueblo ruso, como decÃa ayer Fiodor Pavlovitch, con sobrada razón, aunque esté tan loco como sus hijos.