Los hermanos Karamazov
Los hermanos Karamazov —Sin embargo, a usted le infunde un gran respeto Iván Fiodorovitch: usted mismo me lo ha dicho.
—No obstante, me ha llamado ganapán maloliente. Me considera un revolucionario, pero está equivocado. Si yo tuviese dinero, harĂa tiempo que me habrĂa marchado de Rusia. Dmitri Fiodorovitch se conduce peor que un lacayo, es un manirroto, un inĂştil. Sin embargo, todo el mundo se inclina ante Ă©l. Yo no soy más que un marmitĂłn, desde luego, pero, con un poco de suerte, podrĂa abrir un restaurante en MoscĂş, en la calle de San Pedro. Yo guiso platos a la carta, y en MoscĂş eso sĂłlo lo saben hacer los extranjeros. Dmitri Fiodorovitch es un desharrapado, pero si desafĂa a un conde, Ă©ste acudirá al campo del honor. Pues bien, ÂżquĂ© tiene ese hombre que no tenga yo? El es mucho más ignorante. ¡Cuánto dinero ha despilfarrada!
—¡Un duelo! ¡QuĂ© interesante! —observĂł MarĂa Kondratievna.
—¿Por qué?
—Es impresionante tanta bravura, sobre todo si se enfrentan dos oficiales jĂłvenes, pistola en mano, por una mujer hermosa. ¡QuĂ© cuadro! Si se permitiera asistir a las mujeres, yo no faltarĂa.
—Para mirarlo no está mal, pero cuando el blanco es la cabeza de uno, el espectáculo carece de atractivo. Usted echarĂa a correr, MarĂa Kondratievna.
—¿Y usted? ÂżSaldrĂa corriendo?