Los hermanos Karamazov

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Smerdiakov no se dignó contestar. Tras una pausa, se oyó un nuevo acorde y la voz de falsete entonó la última copla.

—Aunque me pese,

me voy a ir de aguí

para gozar de la vida.

Me estableceré en la capital

y no me lamentaré,

no, no me lamentaré.

En este momento se produjo un incidente. Aliocha estornudó. En el banco se hizo el silencio. Alexei se levantó y fue hacia la pareja. Entonces pudo ver que, en efecto, el cantante era Smerdiakov. Iba vestido de punta en blanco, con el pelo abrillantado, a incluso rizado, al parecer, y relucientes las botas. María Kondratievna, la hija de la propietaria, no era fea, pero tenía la cara redonda y sembrada de pecas. Llevaba un vestido azul claro con una cola que no se acababa nunca.

—¿Vendrá pronto mi hermano Dmitri? —preguntó Aliocha con toda la calma que pudo aparentar.

Smerdiakov se levantó lentamente. Su compañera hizo lo mismo.

—Yo no estoy enterado de las idas y venidas de Dmitri Fiodorovitch, porque no soy su guardián —repuso Smerdiakov con gran aplomo y cierto matiz de desdén.


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